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EL ANGEL QUE SE CAYO

Por Manuel Carballal
El pequeño Salomón se agarró a las mangas del abrigo de su abuelo zarandeándolas, mientras reclamaba su atención.

- ¡Abuelo, abuelo, cuéntame otra vez el cuento del ángel que se cayó del cielo!

Y el anciano sonrió, con esa paciencia y comprensión que sólo poseen los abuelos. Y mientras sonreía su rostro era surcado por miles de pequeñas arrugas que rodeaban aquellos ojos pequeños y brillantes, que tantas cosas habían visto a lo largo de tan intensa existencia.

- Claro que sí, Salomón. Pero ven, acércate al fuego, no querrás que tu madre me regañe si llegas constipado a casa ¿verdad?

El pequeño Salomón negó con la cabeza mientras se sentaba junto a su abuelo, al calor de la lumbre. El anciano abrazó a su nieto mientras señalaba algún remoto lugar en aquel inmenso cielo plagado de estrellas.

- ¿Ves aquellas tres estrellas? -preguntó a su nieto, que asintió en silencio- Pues allí es donde vivía, hace muchos, muchos años, un joven ángel, tan curioso e inquieto como tú. Un día el ángel se acercó a su padre, que era otro ángel más anciano aún que yo, y le preguntó porqué todos los días miraba con tanta añoranza a este planeta azul en el que vivimos nosotros...

- Abuelo, ¿los ángeles viven muchos años?

- Claro que sí Salomón, muchísimos años...

- ¿Y tienen papa y mama, como yo?

- No exactamente Salomón. Verás, en el mundo existen algunos animales, como los peces, o los caracoles, que pueden ser varón y hembra a la vez... y los ángeles son como ellos, o como las células más pequeñitas que tienes en tu cuerpo. Ellos son papa y mama a la vez, y cuando llega el momento, crean otros angelitos, igual las células se reproducen a si mismas. El Universo es como un gigantesco ser vivo, y los ángeles son como las pequeñas células que llevan la vida de un lugar a otro de ese cuerpo...

El anciano echó un nuevo tronco al fuego, y arropando a su nieto con la vieja manta de cuadros verdes y azules, continuó el relato.

- Pues ese día el joven ángel preguntó a su padre porqué todos los días miraba con tanta atención al planeta azul, existiendo tantos planetas en el universo. Y su padre, que era un ángel muy viejo y muy importante, uno de los primeros de la creación, le respondió que en este planeta existían todas las cosas buenas y malas de los demás mundos. Todos los colores, contrastes y sentimientos que existen en el universo. Y el joven ángel, devorado por su curiosidad adolescente, decidió escaparse esa noche para visitar el planeta azul. Y así lo hizo. Viajó, volando con sus alas a la velocidad del pensamiento, que es como viajan los ángeles, y llegó a la Tierra en un suspiro. Y se preguntó cual sería el mejor lugar para empezar a conocer la vida del planeta azul. Y entonces descubrió una remota casita, en una pequeña aldea, en la que una mujer estaba a punto de traer un bebe al mundo, y pensó que ese sería el mejor modo de tomar contacto con el planeta, como lo hacen todos los humanos... naciendo. Y entonces se coló en el cuerpo del bebe justo un segundo antes de nacer...

- ¿Y al bebé no le dolió, abuelo?

- Claro que no, porque en realidad los ángeles están hechos de la misma sustancia que los sueños. Y sólo se hacen materiales cuando ellos quieren, aunque, cuando un humano conecta con ellos, pueden ser tan reales y palpables como un sueño, o como una pesadilla. ¿Y verdad que los sueños son muy reales? - El pequeño Salomón asintió con la cabeza mientras abría mucho los ojos- Pues bien, el joven ángel se acomodó en un rinconcito del alma del pequeño bebe, para sentir la experiencia del nacimiento...

- Pero abuelo, ¿los ángeles no nacen?

- No exactamente, Salomón. Es como los huevos de las aves. Son creados en un envoltorio exterior a sus padres, no vienen al mundo como lo hacen los humanos, que crecen dentro de la barriguita de sus mamás como si fuesen un trocito de su cuerpo que de pronto tiene vida propia. Y eso fue lo que experimentó el joven ángel. Primero se sintió protegido. Una sensación de protección y de seguridad que no había sentido jamás. Se notaba flotando en el vientre de la madre, rodeado de calor y de serenidad. Y gozó de esa sensación. Se dejó llevar por esa serena placidez que sienten los bebes antes de nacer. ¿Tu te acuerdas de esa sensación, Salomón?

El pequeño frunció el entrecejo y negó con la cabeza. Y después de unos segundos respondió con mucha resolución:

- Claro que no abuelo, eso pasó cuando yo era muy pequeño. Ahora ya soy más mayor.

- Por supuesto, hijo mío -respondió el anciano mientras iluminaba el rostro de su nieto con una inmensa sonrisa, y prosiguió-. Pues verás, el joven ángel se encontraba disfrutando de esa ingrávida serenidad cuando de pronto todo cambió. De repente vio una luz al final de una especie de túnel oscuro, y sintió una ráfaga de frío. Y todo comenzó a agitarse. Notó la corriente que producía el corazón de su madre al bombear a toda prisa, y sintió una sensación de vértigo, mareo y miedo, todo mezclado, cuando unas manos le aferraron por la cabecita. Bueno, en realidad la cabecita del bebe. Entonces se sintió arrastrar hacia la luz, y hacia el frío. Y la sensación de seguridad desapareció, y solo sintió miedo, miedo a lo inesperado, a lo desconocido. Era la primera vez que sentía miedo, porque los ángeles no sienten temor. Entonces ocurrió algo extraño. La enorme luz que lo rodeaba todo le cegó. En realidad todos los bebes nacen cegados porque están acostumbrados a vivir en oscuridad durante nueve meses. ¿Te imaginas vivir nueve meses a oscuras y de pronto ser rodeado de mucha, mucha luz?

- ¿Cómo cuando vamos al cine y se encienden las luces al final de la película?

- Sí, algo así. Pues bien, como no podía ver ,el ángel se concentró en todas las sensaciones que el bebe podía percibir a través de los sentidos. Y lloró. Lloró con todas sus fuerzas, porque era la única forma de expresar el frío y el miedo que sentía. Y mientras lloraba pudo escuchar las voces de los médicos y sintió como le cortaban el cordón que le unía a su mamá. Y entonces sintió mas miedo que nunca, porque por primera vez estaba sólo en el mundo. Pero afortunadamente esa sensación duró poco, porque enseguida notó como lo colocaban sobre un pecho cálido y acogedor. Sintió como alguien lo agrazaba con un calor especial, muy parecido al calor que había sentido en el interior de la oscuridad, y supo que ahora estaba del otro lado, sobre el vientre en que había estado creciendo durante nueve meses. Y volvió a sentir la sensación de calor, de protección y de seguridad que había sentido unos minutos antes de ser arrastrado hacia la luz. Y sintió algo más. Una sensación extraña que sentía por primera vez... el amor. El amor que sienten madre e hijo en el momento de nacer. Una sensación única en el universo...

El anciano se detuvo unos instantes en su relato, como si intentase recordar algo, mientras se dejaba embriagar por el fastuoso espectáculo de las mil estrellas que coronaban el firmamento...

- ¿Y que pasó? -inquirió el pequeño.

- Pues que el joven ángel permaneció en aquel cuerpo algún tiempo. Hasta que sintió curiosidad por saber si la mujer sentiría las mismas cosas que sentía el pequeño, así que decidió pasar al alma de la madre, y entonces se sintió invadido por un montón de sensaciones distintas. Estaba claro que la mujer sentía muchas más cosas que el pequeño humano recién nacido. Sintió su preocupación, porque se preguntaba muchas cosas sobre el futuro del bebe; sintió su ligero asomo de amargura, por todo lo que implicaba aquel cambio en su vida; sintió la generosidad, de quien estaría dispuesto a darlo todo, hasta la vida, por su pequeño; sintió la alegría, la infinita alegría de quien ha creado el milagro de la vida desde dentro de si misma... El joven ángel estaba desbordado, y a la vez fascinado, por tantas sensaciones nuevas. Y entonces detectó una sensación especial. Le costó identificar aquel sentimiento entre el torbellino de emociones que inundaban el corazón de la mujer. Era miedo. Pero no era el miedo que había sentido el bebe al nacer. Era un temor, una preocupación, una profunda inquietud por alguien que estaba lejos. Se trataba de su marido, el papá del pequeño bebe, que era soldado en una remota guerra. Y el ángel sintió una enorme curiosidad por conocer al padre de aquel pequeño y se dejó llevar por los pensamientos de la mujer hasta el lugar donde se encontraba el joven soldado. Porque las personas que se aman siempre están unidas de una forma muy sutil por sus pensamientos, como madre e hijo lo están por el cordón umbilical. Y así, siguendo ese cordón de pensamientos, le resultó fácil encontrar al padre del bebe.

- ¿Y donde estaba?

- En un lugar muy triste y siniestro. Las guerras son los lugares más tristes y siniestros del mundo. El ángel se dejó conducir por los pensamientos de la mujer hasta la mismísima alma del joven soldado, para curiosear en sus sentimientos. Y de nuevo fue arrollado por un montón de nuevas sensaciones. Descubrió el orgullo, casi la vanidad que embargó el corazón del joven soldado cuando recibió la noticia de que era padre de un varón. Y sintió la esperanza, una sensación nueva. La esperanza en un futuro incierto, que el joven soldado proyectaba en la imagen de su hijo. Y la añoranza, un sentimiento extraño que oprimía el corazón de aquel humano al recordar el rostro de su esposa y de su hogar. Y el joven ángel, cada vez más curioso, se dejó impregnar de aquellas sensaciones tan intensas y tan inesperadas. Para un ángel curioso todas esas emociones son embriagadoras. Así que decidió quedarse cerca de aquel cuerpo algún tiempo. Y una noche, una noche fría como el nacimiento, descubrió otros sentimientos humanos...

- ¿Qué pasó, abuelo?

Ahora era el anciano quien fruncía el entrecejo, intentando ganar tiempo para poder encontrar las palabras que hiciesen comprensible lo incomprensible...

- Pues esa noche el joven soldado tenía que participar en una batalla. Y el ángel pudo sentir de nuevo el miedo, pero un miedo diferente, más frío, más impersonal. No era un temor a nada en concreto, sino más bien una especie de compañero que parece implícito a todos los soldados que van a entrar en combate. Una sensación agobiante, amarga y pesada que parece adherirse al cuerpo como la ropa mojada. Pegándose como un segunda piel que te oprime y casi no te deja respirar. Pero sintió mucho más. Sintió una especie de orgullo forzado. Una intento desesperado que el joven militar hacía para auto-convencerse de que hacía lo correcto. Y noto algo llamado patriotismo, una justificación que el soldado y todos sus compañeros forzaban en sus corazones para encontrar el valor necesario. Y sintió otra sensación terrible, el odio. Un odio tan ficticio como visceral y primitivo, que los jóvenes soldados tienen que encontrar en los más profundo de sus corazones para poder cumplir con su deber de soldados. Y pudo notar como ese odio era liberado como una fiera hambrienta. Una fiera que iba apoderándose de todos los rincones del alma y que poco a poco iba omnubilando la conciencia. Y se dejó llevar, junto con el soldado, por aquel feroz sentimiento. Y tomó su arma, y salió al campo de batalla, y corrió, corrió como un tigre, disparando y gritando casi a ciegas para intentar acallar los susurros que le llegaban desde lo más profundo de su conciencia. Susurros de reproche, que enmudecían ante los bramidos que proferían todos sus compañeros entre el barro de las trincheras: ¡Patria!, ¡honor!, ¡bandera...!. ¿Y sabes lo más curioso? Pues que cada una de esas palabras realmente tiene un sentimiento. Y así el joven ángel pudo sentir el orgullo y el compromiso que pueden producir en el corazón de un soldado un trozo de tela de colores, o un uniforme. Hasta que de pronto todo cambió....

- ¿Qué cambió, abuelo?

- Todos los gritos, el honor, la bandera... de pronto todo se silenció cuando el joven soldado calló dentro de una trinchera, y se encontró cara a cara con otro soldado. No era tan joven, y vestía un uniforme diferente, pero tenía un arma muy parecida, y entonces el ángel pudo notar como en el corazón del muchacho surgía un nuevo sentimiento: supervivencia. Esa era una sensación aún más extraña que las anteriores; como una tormenta en el alma, en la que se mezclaban el miedo, la añoranza, y el odio al enemigo que debía justificar los actos del soldado. Y detectó la duda. La inseguridad que sentía el joven militar al enfrentarse a la responsabilidad de tomar una decisión por si mismo, sin ordenes ni mandos, debía matar o morir. Y entonces se empapó en aquella fantasía de odio que generaba su corazón, y se aferró al honor, a la bandera y a la patria, para encontrar fuerzas y apretar el gatillo. Y lo apretó. Y un sonido atronador lo llenó todo, como la explosión de una estrella, como el bramido de una ola a romper contra las rocas, como el rugido de una león en la selva más frondosa. Era el sonido de la muerte. La muerte que abrazó al soldado del uniforme diferente mientras caía al suelo como un traje que se cae desde la percha que lo sostenía, vacío y flojo. Y entonces el ángel experimento en el corazón del joven soldado otra nueva sensación, amarga, desagradable, pesada: el arrepentimiento. Una tremenda congoja que oprime el pecho hasta producir dolor, una tristeza infinita que lo envolvía todo, y que parecía enmudecer el fragor de la batalla. Y el joven soldado calló de rodillas al lado del enemigo, mientras sus ojos se empañaban por las lágrimas, haciéndolo todo borroso, tan borroso como en un mal sueño.

- ¿Y que hizo el ángel?

De nuevo el anciano abrazó a su nieto, arropándolo con la gruesa manta de lana que cubría sus piernas. Después suspiró profundamente y continuó su relato.

- Pues la verdad es que el ángel se sentía confuso. Los ángeles no están acostumbrados a tantos sentimientos. Pero estaba fascinado, y pudo ver, a través de los ojos empañados del joven soldado, como el enemigo extendía su mano hacia él. Y como el lloroso militar dejaba caer su fusil y tomaba aquella mano que le ofrecía el hombre al que acababa de disparar, mientras clavaban sus miradas, el uno en los ojos del otro. Y el arrepentimiento fue todavía mayor. Entonces el ángel sintió una infinita curiosidad por saber cuales serían las sensaciones de aquel ser terrible, cruel y maligno que, según los pensamientos del joven soldado, debería ser el enemigo. Porque el enemigo, en el corazón de los soldados, siempre ha de imaginarse como un ser maligno al que deben destruir. Y se dejó caer, a través de las miradas que ahora unían a aquellos dos soldados hasta penetrar en el alma de el enemigo. Y se sorprendió. Se sorprendió al descubrir que aquel ser terrible en realidad tenía los mismos sentimientos que había descubierto en el padre del bebe. Tenía los mismos miedos, y el mismo odio, y la misma justificación cementada en una bandera y un uniforme... eso sí, una bandera y un uniforme de diferentes colores. Y curiosamente aquel hombre, cuya vida se estaba fugando a través del agujero en el pecho que no cesaba de manar sangre, también tenia hijos, dos, y un nieto recién nacido, como el bebé del joven soldado. Y ahora sentía la misma añoranza, y el mismo temor. Temor a un futuro incierto en el que él ya no podría proteger a sus pequeños. Y el ángel descubrió un sentimiento nuevo, la responsabilidad. El compromiso que un padre asume para proteger y cuidar a su familia. Y sintió de nuevo aquella sensación tan intensa: el amor. El amor que aquel hombre a punto de morir sentía hacia su esposa y hacia sus hijos, que ahora estaban a miles de kilómetros. Pero también un extraño amor que ahora manaba del mismo corazón que un instante atrás ocupaba el odio hacia el hombre que le estaba robando la vida. Porque aquel soldado, que se hundía en el barro de la trinchera mientras la vida se le escapaba del cuerpo, se hacía consciente en ese instante de lo absurdo y ficticio de su odio a el enemigo. En los últimos segundos que le quedaban de vida quien tomaba su mano, con los ojos cubiertos de lágrimas, era el enemigo al que sus compañeros le habían enseñado a odiar. Era el hombre que le había hurtado la existencia al dispararle en aquella trinchera. Pero el soldado moribundo también era consciente de que, de haber sido más rápido, habría sido él quien habría disparado sobre el joven soldado que ahora le consolaba. Y seguramente en ese momento sentiría la misma infinita amargura, el mismo desconsolador arrepentimiento, y la misma furiosa tristeza, que reflejaban los llorosos ojos de su enemigo. Y entonces el ángel descubrió que el corazón humano encierra muchos otros sentimientos, como el perdón. Y en ese perdón el joven y curioso ángel detectó una enorme generosidad, y una sensación de ingravidez y de libertad desconcertante. Pero no, esa sensación de ingravidez y de libertad, que habían nacido en el perdón, no se limitaban al corazón del soldado que ya estaba siendo arrebatado por la muerte. Era una sensación que parecía cubrir totalmente al soldado herido. Era una especie de vacío que de pronto se vio envuelto en una luz enorme. Una luz intensa al final de una especie de túnel por el que el soldado moribundo se sintió arrebatado. Y el ángel pudo experimentar de nuevo esa sensación de vértigo, de temor y de velocidad al ser proyectado hacia la luz que le esperaba al final de aquel nuevo túnel. Un túnel muy parecido al que vio en el nacimiento del bebe, y entonces fue consciente de que después de morir, los humanos vuelven a nacer a otra vida diferente, como en un enorme ciclo, y decidió dejarse llevar por la curiosidad y acompañar al soldado muerto en su nuevo viaje. Y al llegar al final de la luz...

Justo en ese instante una voz femenina cortó bruscamente el relato del anciano. Una voz femenina que pronunciaba su nombre, y el del pequeño Salomón con un ligero tono de reproche...

- ¡Vaya!, parece que tu madre nos está llamando. Creo que ya es hora de que te vayas a dormir, pequeñuelo.

- ¡Jo, abuelo! ¿Cuéntame solo lo que pasó al final con el ángel?

- Pues verás, después de muchas aventuras, y de descubrir muchos sentimientos, se sintió demasiado atraído por este planeta. Así que decidió volver hasta allí arriba, hasta aquellas tres estrellas, para decirle a su padre que ahora comprendía su fascinación por el planeta azul. Solo que el joven ángel estaba mucho más enamorado de este mundo que el ángel anciano, y había decidido regresar al planeta azul. Y esta vez para quedarse.

- ¿Pero los ángeles pueden vivir en la tierra?

- Claro que sí. Lo único que tienen que hacer en entrar en el cuerpo de un humano que acabe de morir. Es como un pacto entre caballeros. El humano, que debe seguir su viaje en otro lugar, le presta al ángel el traje que ha utilizado aquí, el cuerpo, y así esa es la única forma en que un ángel puede experimentar en si mismo, y no a través del alma de otro hombre, los miles de sentimientos y emociones que hacen de este planeta un lugar único en todo el universo. Solo que, cuando un ángel decide caerse del cielo para vivir en un cuerpo, debe adquirir un compromiso. Nunca más podrá volver a utilizar sus alas para volar de cuerpo en cuerpo, y deberá aprender a vivir y a sentir como un humano más. Lo que no es poco.

La voz de la mujer volvió a reclamar al pequeño Salomón, ahora un poco más enérgicamente que antes. Y el anciano besó en la mejilla a su nieto, como invitación inequívoca a que entrase en la casa.

- Me encanta este cuento abuelo.

- Lo se hijo mío. Pero ahora debes irte a la cama. Mañana te contaré más aventuras del ángel que se cayó del cielo.

Y el pequeño Salomón se dirigió feliz y a la vez impaciente hacia la casa. Cuanto antes se acostase, antes se haría de día, y podría seguir escuchando las historias del ángel que se calló del cielo de labios de su abuelo.

Y mientras seguía con la mirada a su nieto, hasta perderse tras la puerta de la cabaña, el anciano se acariciaba la viaja cicatriz que tenía en el pecho. Una cicatriz que portaba desde que años atrás, en una terrible batalla, un joven soldado le había disparado a quemarropa, en una siniestra trinchera...
Por MundoMisterioso.com