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Busco a Mi Angel de la Guarda

Desde el primer día que le tuve frente a mi, supe quien era.

Fue en mi primera salida al Hotel Sheraton con los niños. Apenas recién llegada a este país, desde donde todavía hoy escribo. Hace un año y cuatro meses ya que acudió en mi ayuda. Exactamente el tiempo que hace que aterricé en esta tierra. Lejos de mi país, de mi familia, de mis amigos y apenas empezando a comenzar una nueva vida en un país un tanto hostil y bastante difícil para la mujer.

Ibamos a pasar lo que sería una mañana de juegos en la playa cuando me topé con él atravesando el amplio hall del Hotel. Entonces, como aquella otra vez durante mi incipiente juventud ya me había ocurrido, lo supe. Sin duda era él.

Me quedé mirándolo con una extraña sensación de paz y bienestar, sin apenas cuestionarme quien era ante mi inexplicable certeza interior, mientras mi marido y mis hijos se reían cuando en aquél primer instante ya les advertí a todos: “mirar, allí está mi ángel. Menos mal que ha venido conmigo”. Exhalé un profundo suspiro desde mi interior y entonces todas mis preocupaciones se desvanecieron por unos instantes. Ni estaba sola ante aquella nueva y complicada experiencia ni desprotegida de ninguna manera, sino más bien al contrario, bien amparada y con un guía espiritual frente a mí que desde luego me reconfortó mucho.

Su aspecto era el de un hombre menudo, de unos cincuenta y pico años por no decir casi sesenta, con pelo rubio y rizado que de alguna manera me recordaba al cantante de Simon y Garfunkel y que lejos de caminar parecía que iba dando saltitos por la tierra. Eran pasos pequeños, diminutos y muy rápidos. Nunca había visto a nadie caminar de esa forma, ni aparecer en un sitio de forma inexplicable, sin apenas verle venir.

Durante nuestros innumerables encuentros yo siempre le saludaba pero jamás me devolvió el saludo, ni siquiera me dirigió la palabra nunca. Permanecía ahí a veces, sentado en un banco en un pequeño jardín. Otras veces en la playa, caminando como solo él sabía caminar con esa forma peculiar que parecía apenas tocar el suelo. O en sentado en el banco del pequeño jardín. Pero siempre cruzaba frente a mí como para advertirme de su presencia y asegurarse que no me pasase desapercibida.

Ante su silencio yo conversaba con él mentalmente. Le observaba en silencio mientras le trasladaba mis dudas y miedos, todas mis inseguridades y preocupaciones que he ido teniendo en este país como lógico proceso de adaptación ante un cambio de vida tan radical y drástico. Y a través de mi, él me contestaba. Siempre eran palabras de aliento y esperanzadoras, serenando mi inquieto espíritu que permanecía amarrado en esta tierra privado de cualquier mínima libertad desprovista de coacciones políticas y sociales.

El hecho es que desde un principio advertí que siempre que sentía angustia, miedo o desesperación, él acudía a mi inconsciente llamada. Mientras que los períodos en los que mi universo interior estaba en paz y en calma, daba igual que yo acudiese a su encuentro. Daba igual porque simplemente no estaba.

Pero un buen día, el último que le vi, intenté acercarme hacia donde estaba él. Creo que en el fondo de mi, intuía su marcha y que inconscientemente me disponía a despedirme.

Lo tenía frente a mí, sentado en un pequeño banco de un retirado jardín. Me giré hacia mi marido quien me advirtió como siempre entre risas “mira ahí tienes a tu ángel” y de nuevo cuando levanté la vista hacia él, sin más desapareció. Era imposible, pues estuve tiempo buscándolo y no lo encontré ni en los alrededores más inmediatos. Bajé hasta la playa. Tampoco estaba. No quedaba ni rastro de él.

Pensé que al volver la semana siguiente al Sheraton volvería a encontrarle como otras tantas veces pues aquella semana no resultó especialmente fácil para mi, y en el fondo buscaba su presencia pues aunque no me hablaba, a mí me hacía sentirme bien el hecho de verle y de sentirle cerca. Era como si me quisiese decir: “No te preocupes, no estás sola, yo siempre estoy contigo y todo va a ir bien. Ten paciencia y confía en mí”.

Me he quedado triste al no volver a encontrarle porque de alguna forma se que jamás volveré a verle por aquí. Sé que se ha ido aunque mi espíritu interpreta su marcha como algo positivo pues si de verdad es así, entonces querrá decir que puedo continuar mi camino yo sola, que estoy preparada para valerme por mi misma, y que tarde o temprano volveremos a encontrarnos cuando la vida lo quiera y los dioses así lo dispongan.

Sé que para entonces será con otra forma, otro cuerpo, o su mensaje me llegará de otra manera distinta, siempre y cuando permanezcas atento y consciente de ti, a esas señales que a veces nos llegan de distintas formas para recordarnos que ni mucho menos estamos solos, y que hay quien de verdad se preocupa por nuestro bienestar y crecimiento personal.

Que hay que perdonar, perdonar hasta las mayores ofensas con el corazón dispuesto y generoso, para ser libres y alcanzar la ansiada paz interior que todo ser humano anhela a lo largo de su vida.

Que hay que volver a levantarse y seguir nuestro camino con la misma alegría de vivir que antaño, sin juzgar a los demás por lo que nos hicieron, pues las personas que nos hacen daño en la vida en realidad lo hacen porque se han olvidado de quienes son y se encuentran perdidos y atrapados en su ego, cuando en realidad son tus maestros, pues te están ofreciendo una valiosa lección para crecer y ser más fuerte espiritualmente.

Que hay que quedarse con lo positivo de cada circunstancia y olvidar lo negativo sin rencores ni frustraciones para volver a levantarse con el mismo entusiasmo con el que se empieza a vivir y así poder hacer felices a quienes te rodean, que necesitan de tu felicidad para la suya y dar gracias por todo lo que hay o existe en tu vida pues todo fue puesto allí por algo. Para hacerte dudar, tambalear, equivocarte, acertar, meter la pata y caerte al abismo si hace falta. Para enseñarte. Para aprender. Para crecer. Para ser humano. Para ser feliz.

Por favor si alguno de vosotros le veis, decirle que le echaré de menos y que todo mi agradecimiento por hacerme recordar quien soy. Un saludo de paz para todos. Marta.
Por Marta Laguna